Submáquina de Esther García Llovet: escapar cuando no se tiene adonde ir.

Leo la última página de Submáquina y cierro el libro. Contengo la respiración. La historia de Tiffani Figueroa es mucho más que una historia de frontera, fuertemente influenciada por 2666 de Roberto Bolaño, por Lynch, por Altman.  Se trata de otra vuelta de tuerca, quizás la definitiva, al cacareado nuevo modelo de novela fragmentaria del que tanto se ha hablado en los últimos tiempos. Varios capítulos con nombres de piezas en un ingenio letal que es la misma novela y que se caracteriza por una prosa prieta y brillante, por una textura dionisiaca y violenta. El debate de si estamos ante una novela o un libro de relatos es francamente cansino. ¿Qué más da? Yo veo ahí, desde luego, una novela de las que me interesan -pero claro, yo soy novelocéntrica, yo veo novelas por todas partes-, y para mí Submáquina es un paso más en esa articulación radial sobre un centro inefable que significó Nocilla dream, y que corrobora que no se trataba de un experimento aislado sino que la ficción en nuestro país, aunque sea marginalmente, se está moviendo hacia esos límites.

La puerta hacia esa nueva manera de entender la narración bebe, por supuesto, de antepasados lejanos, como no ha dejado de mencionar la crítica ¿Experimentación? John Dos Passos lo inventó todo en materia de collage y de superposiciones y de viñetas. En cuanto a la concepción enmarañada de la novela, la radialidad extrema estaba ya presente en el delicioso y oscuro Nightwood de Djuna Barnes, todos ellos textos de los años treinta del SXX y estoy citando sólo a algunos de mis clásicos. Pasaré por alto referencias más obvias y recientes.

Pero de manera más cercana en el tiempo, esta concepción de la novela como remolino, como fourre-tout, ha sido despertada, al menos en nuestro país, suscitada, provocada, a mi parecer, directamente por las novelas largas de Roberto Bolaño, o quizás por la edición que realizó de la última, 2666, Ignacio Echevarría. Si las novelitas que la componen hubiesen sido publicadas, en su momento, como deseaba su autor, de una en una, adiós al invento y nuestro gozo en un pozo. Cuestión de azar.

Una noche de 2006, en un bar de Albuquerque, bebiendo tequila reposado con Francisco Goldman, su mujer Aura Estrada y la editora Barbara Epler, les conté mi certeza de que las maxi-novelas de Bolaño funcionaban como los dibujos de los extraterrestres en los campos de trigo de Arkansas o de Texas, cuyo diseño sólo puede verse a vista de pájaro. Esa era la magia para mí de esas dos maravillas verbales, donde el lenguaje, funcionaba como vegetación que debe ser podada con tijeras… como papel plegado que se recorta y luego, al desplegarse, se convierte en una greca.

Se preguntarán, aparte de la temática americana, de la estructura no lineal, de la elaboración de un espacio simbólico fronterizo, muy cinematográfico, en torno a la frontera de Estados Unidos con México, donde estaría encarnado ese abismo negro que es el mal, el misterio, la belleza, la muerte, ¿qué une a estas dos obras de Bolaño con Nocilla dream o, en este caso, con Submáquina? Pues, francamente, creo que no hay más que dejarlas hablar: las cuatro están construidas en torno a un centro vacío, son radiales, y configuran ese centro significativo por pura omisión, lo van delimitando al rodearlo.

A mi entender, las cuatro novelas son artefactos donde el espacio, no el que describen, sino la configuración del espacio dentro de la misma narración es completa y absolutamente significante. Se trata de novelas de espacio puro, casi podría decirse que matéricas. No sé si esto es nuevo pero estoy convencida de que está omnipresente en esta nueva manera de escribir “sitios”, -mucho se ha hablado de espacios virtuales, de micronaciones, de ínsulas, de de territorios fronterizos-, no en vano, son éstas narraciones que edifican espacios, piedra a piedra, espacios metafóricos que significan cosas.

Esta construcción se lleva a cabo mediante una especie de síndrome de Diógenes elevado a la enésima potencia, las novelas son mercados de pulgas interminables, vide-gréniers, rastrillos, desvanes, cajones sucios donde alguien va guardando figuritas de pastel de boda con trozos de dulce podrido, se edifican mediante la familiaridad detallista, casi depravada, con los objetos, que, acumulados, son metáfora perfecta del mundo. Y es que  las cosas de las que hablaba Perec, se han multiplicado y asaltado nuestras vidas y nos envían todos los días cientos de mensajes. La ternura en estos textos, se desplaza, de las personas desencarnadas, apenas entrevistas, hacia los objetos.

Son los objetos los que cuentan las historias, los chicles de bola, las barras de labios de color Sleeping Beauty, los zuecos ortopédicos de la Repa, el anorak donde Poucca guiña un ojo de una adolescente, las guanteras de los coches con suspensión hidráulica… Se trata de una manera de narrar donde la mirada se disloca y se va por las esquinas, técnica no ajena a la pluma sucia de los cuentistas americanos, y pienso en Carver y en Cheever, pero también en Flannery O’Connor. María Zambrano hace ya muchos años dijo que el poeta llega mucho más lejos que el filósofo porque se aferra a los objetos.  En este sentido, estas novelas son absolutamente poéticas, no sólo por su perfecta materialidad, sino porque nos hablan de lo abstracto sin necesidad de nombrarlo, quedándose sólo en la textura rugosa de la acumulación. Macrosignos.

 

Siempre he detestado el término novela fragmentaria porque creo que de lo que se trata es justamente de todo lo contrario. Par mí, Nocilla dream es una novela global, no una novela fragmentaria, tiene ínfulas de comprehensión, quiere abarcarlo todo. Lo mismo ocurre con las dos maxinovelas de Bolaño, aunque quizás esto sí que es evidente. Bolaño nunca ocultó su fascinación por la novela total decimonónica y escribió dos mobidicks contemporáneas que quitan el hipo. En cuanto a “Submáquina”,  yo no sé si es una novela global, bueno, sí: estoy segura de que no lo es, pero desde luego tampoco es una novela fragmentaria puesto que funciona con una unidad exquisita y de una manera tan tensa y redonda que muchas otras novelas de espíritu tradicional (planteamiento, nudo o desenlace) ya la quisieran para sí. Más bien yo diría que Submáquina es una novela prismática, caleidoscópica, como una de esas lámparas bolas de espejitos que podrían iluminar alguno de los tugurios alfombrados de los que está lleno el texto de García Lovet.

Además, Submáquina no es sólo una novela de género, subvertida, negra, sino que es un espléndido ejemplo de antiliteratura femenina, y esto me encanta por lo poco común, donde se toma como base formas evidentemente masculinas y como referencia  cánones femeninos, negándolos, pervirtiéndolos, mutándolos. No en vano a Tiffa la desvirga un taxista cerca de un matadero (¿por qué me recuerda este pasaje a la Campana de cristal de Plath?), Tiffa se pinta las uñas de rojo en un diner, Tiffa se tiñe el pelo de rubio, Tiffa estuvo casada tres veces. En ese sentido García Llovet está reescribiendo las reglas de lo que ha de ser la escritura de género, y en ese sentido es digna hija de las grandes narradoras marginales del XX, autoras que tomaron el mundo que les había tocado en herencia y fueron  revolucionarias, malvadas, masculinas, promiscuas, duras. Pienso en Djuna Barnes, pienso en Jane Bowles, pienso en Jean Rhys, en Carson MacCullers que fueron autoras rabiosas de romper los moldes y de pegarse hasta con las paredes.

 

Para concluir: subyace en Submáquina un espíritu deliciosamente antididáctico y antialeccionador, aura que también impregna todo Bolaño, una cierta épica de la destrucción, diría yo, cierta fascinación oscura. Son textos que conllevan el acercamiento o el directo chapuzón en la violencia, no para condenarla, o para extraer conclusiones morales, como quería la literatura “bienintencionada” que nos asola desde hace 25 años y que no parece haber dejado de dar sus últimos coletazos.

Estos retratos de mundos extremos, bajos fondos, crímenes cotidianos, pobreza y mierda, no son alegatos en contra o a favor de la justicia en el mundo, sino que son retratos de cómo es el mundo, instantáneas de un vertedero desolador, viñetas  expresionistas, bellas. Parece que el autor y el lector se acercasen tímidamente y luego, sin melindres, a husmear el olor de la basura, y a menudo encuentren que este olor es delicioso.

 

Comentarios

definitivamente me quedo con ganas de leer esta novela...o novelas...
preciosa crítica.


Corro a buscarla


Tres buenas noticias: saber que otros comparten mi muy grata impresión del libro de García Llovet, saber que otros lectores lo descubrirán y, de paso, descubrir también tu bitácora, Blanca, que no conocía y enlazo ahora mismo.


Sin lugar a dudas, Submáquina es lo mejor que he leído en mucho tiempo, y tú le has dado la importancia que se merece, Blanca.


Me alegro de no ser la única que cree que Submáquina es algo muy especial... Gracias por compartir mis desvaríos, un abrazo a los cuatro...


Lo mejor de encontarse con algo tan bueno es que uno tiene la impresión de que Sí que es posible escribir algo muy bueno: lo cual a menudo parece imposible!!


y luego hay que plantearse cambiar el papel de las paredes por colores que no sean pastel, qué hacemos con la mesita luis15 y con los cuentos del abuelo... las lentejuelas de los cuentos del abuelo... realmente me gusta la posibilidad que planteas y que sea posible...y que tengamos que seguir rebuscando en los contenedores, aunque nos alquilemos en los ratos libres, o en los años sabáticos... me gusta esa posibilidad que planteas, aunque jode que siempre se nos adelanten..je...un abrazo


Ejem..: cómo? a qué posibilidad te refieres?


La posibilidad de... "de que Sí que es posible escribir algo muy bueno: lo cual a menudo parece imposible!!"


por cierto, sí, Faulkner mola, yo también quisiera ser portero en un prostíbulo y escribir por las mañanas...


claro, es el trabajo perfecto


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