Riestra disecciona Albuquerque
La escritora gallega publica en Alianza 'La noche sucks', una novela ambientada en la ciudad del estado de Nuevo México con la noche como marco excepcional
Rosa París / Sevilla | Actualizado 09.07.2010 - 05:00 Una atmósfera genuinamente norteamericana envuelve la sexta obra de Blanca Riestra, que se presenta bajo un título cargado de dobles sentidos. "La noche sucks juega con la polisemia. Es decir, la noche apesta pero al mismo tiempo también significa absorber, es como un embudo que se va tragando a todos los personajes". No es la única figura que aparece como una constante en la novela. Junto a la noche se erigen como motivos recurrentes, además, el bosque, la conspiranoia o los iconos de la cultura estadounidense.
Marcada por su experiencia en la ciudad, donde vivió entre los años 2005 y 2007 mientras dirigía la sede del Instituto Cervantes, muestra un retrato cotidiano de la vida en Albuquerque, "una ciudad como todas las de la América profunda, muy desolada y sin tejido urbano, ni lugares de encuentro propiamente dichos. Parece más un cruce entre carreteras. Por otro lado tiene esa parte salvaje, de libertad, de esos símbolos que nos retrotraen a las canciones de los Rolling Stones o a la película Easy Rider".
A través de un amplio elenco de personajes sumidos en la soledad y la búsqueda de algo que parece no existir, entre los que se incluye a ella misma, Riestra construye una novela bosque, donde una maraña de historias se cruzan con un lenguaje entrelazado, en este caso el spanglish, y cuya estructura se basa el sentido oculto de la narración. "Todos los personajes del libro son fugitivos de algo y al mismo tiempo están atrapados en una ratonera. Mi incursión como personaje en La noche sucks tiene como función desdibujar las barreras entre realidad y ficción, desnudar la parte de atrás de la tramoya del libro".
Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Borgoña, ha tardado cuatro años en dar forma a esta historia de vasos comunicantes donde se palpa la atmósfera polvorienta y chicana de Albuquerque. Sin embargo, la autora sostiene que "esta novela podría extrapolarse a cualquier otro lugar. Creo que todos somos muy parecidos, que el mal está ahí, inherente al ser humano".
Con los ecos de las noches de Nuevo México aún resonando, la ganadora del Premio Ateneo Joven de Sevilla 2001 por La canción de las cerezas ya trabaja en sus próximas novelas. La imagen que proyecta de Albuquerque, por momentos grotesca, es un fiel reflejo de su concepción de la literatura, la cual "nunca puede ser nada adulador, se trata también de oscuridad y descarnamiento. Si quitas esos elementos se convierte en algo ridículo".
En el Qué Leer de Julio aparece una entrevista mía. En la pagina 4 Toni Iturbe habla de una posible literatura disgregada o difusa.

NOVELA
Blanca es la noche en Albuquerque |
JOSÉ MIGUEL A.GIRÁLDEZ
La noche sucks Blanca Riestra Alianza Editorial, col. Alianza literaria, 2010, 256 págs. 16 €
Abrazada a la noche y al sur de los Estados Unidos, abrazada al laberinto de los rótulos de neón, la coruñesa Blanca Riestra regresa con novela, después de habernos servido ya grandes menús literarios. Es ésta una novela de frontera llena de sur y de carreteras, llena de autobiografía y de biografías en auto. Blanca escribe primorosamente, con gran carga lírica y con un decidido y bien llevado amor por el realismo sucio. Porque a menudo nos atraen las cosas vertiginosas. La noche y su música se convierten en la banda sonora de este libro cuidadosamente escrito. Sin duda, hay que leer a Blanca Riestra. ¡Queremos tanto a Blanca! La novela, ya lo verán, es un patchwork del sur de Estados Unidos, lugar que la autora conoce bien, pues, no en vano, pasó algún tiempo en Albuquerque. La novela, circular o espiral, regresa siempre a ese desbaratado sur, a los cruces de caminos y a los desvíos imprevisibles: también los de la vida. Marcada por el olor y el sabor de la frontera, por el laberinto de luces y las malas calles, los coches de segunda mano, los amores difíciles y la desorientación existencial, La noche sucks logra introducir al lector en la atmósfera de Burque y en la cálida y carnosa boca de la noche. Siempre en el límite, estas vidas cruzadas ofrecen tragedia, amor y espanglish. Un caos del que puede brotar la belleza. Con Bolaño como referencia más directa, o Junot Díaz, por tantas cosas, Blanca Riestra ha logrado una novela extraordinaria, recorrida por vidas asomadas al abismo pero también a los horizontes azules, rojos e inalcanzables. No hay duda alguna de que estamos ante una de las mejores autoras de este tiempo: creo que puede decirse sin ambages. La noche sucks es literatura cargada de noche. Una literatura carnal, pendiente de todos los sentidos, que quizás se funde con Madrid blues, su obra anterior, como si fueran las dos caras de una misma moneda.
Uno entra en esta novela, como dice la escritura de Blanca Riestra, como en un espejo, un espejo múltiple, fragmentado, donde los pequeños seres que somos se cruzan, sin hablarse, con los seres que caminan por estas páginas, seres, palabras, fantasmas de la noche, una noche multiplicada, frágil, despiadada y sin remedio.
Los personajes son vistos, desnudados, cuando creen que son invisibles, ocultos: “Duerme –dice Blanca- con la boca abierta soñando con quién sabe qué complicados vericuetos monetarios”.
Es una “novela por la que caerse –dice Blanca-, como por un embudo, una novela por la que dejarse caer”.
Porque “la mujer –dice Blanca- piensa que el mundo es un embudo”.
Una novela por la que caerse, como por un mundo.
Un mundo poderoso cruzado por incontables y débiles soledades.
“Una novela como un bosque –dice Blanca- donde las historias dibujen figuras sólo perceptibles desde arriba”.
Valle Inclán miraba desde arriba con una lupa deformadora.
La mirada de Blanca Riestra usa una lupa desnuda y solitaria, tan desnuda y solitaria que el lugar de la lente ha sido ocupado por el aire de la noche.
Los personajes perdidos en el bosque de la noche.
“La estructura –dice Blanca- traza círculos concéntricos que cercan poco a poco el sentido”.
Igual que en el embudo mundo.
“El verdadero personaje es la cadencia”, dice Blanca.
Igual que en el embudo mundo.
Soñé que tenía los ojos vendados y dentro de un embudo caminaba.
Así es como un novelista escribe
y así esta novela atrapa la realidad en un sentido amplio, más verdadero que el pretendido y unilateral realismo: los pasos, los sueños, la desdicha, los neones de la ciudad, los personajes que nacieron precisamente en la máscara de la realidad;
y la propia narradora que, al encarnarse en las páginas con estricta soledad, pasa a formar parte del bosque.
El bosque de la noche.
“- ¿Has pensado alguna vez en la noche?
- Sí pero pensar en algo que no conoces en absoluto no sirve para nada”.
Dice Djuna Barnes.
Para conocer la noche hay que adentrarse, tocar la sombra de los demás personajes como hace Blanca Riestra como narrador espía, y como narrador-personaje que se espía a sí misma.
“Ahora Burque ya no existe –dice-, sólo es un pensamiento pensado por un loco”.
“La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia y que no significa nada”, dice Macbeth, dice El ruido la furia.
“El mundo es así”, escribe Blanca Riestra, “un entramado de mensajes incomprensibles, y todo lo que uno expulsa acaba por volver y todo lo que uno rechaza lo acaba llevando dentro para siempre”.
Y, atenta, frente a la noche rota con barras de neones, se sitúa lanovelista. Dice: “La vida por aquí es así insondable. como si alguiense hubiese preocupado de sembrar de incongruencias el mundo conocido.Yo trato de fijarme bien y retener esos pequeños símbolos vacíos”.
Y así nos entrega la realidad: el personaje que abarrota en el supermercado un carro de la compra y lo abandona en una esquina para volver a casa, aliviado, con las manos en los bolsillos.
O el negro músculo cardiaco de la sargento Lindie, presa y sin la careta demonstruo, contando su felicidad pasada en la barbarie, compatible con lo que llamamos “actualidad”, focalizada por internet y las televisiones; la actualidad, a pesar de las apariencias, humana, y en interacción constante con nuestra realidad.
Todo lo que ocurre es real y simultáneo, dentro y fuera de nosotros, dentro y fuera de la literatura, pero fijado hermosamente por esta literatura que se entrega a la estética compleja de un “realismo simultáneo”.
“A menudo me he preguntado –dice Blanca- dónde está la cámara que, proyectada contra un fondo negro, inventa el mundo”.
La literatura lo inventa contra un fondo blanco.
“Yo era aquel astronauta perdido en el espacio –dice Blanca- que no puede regresar a la nave nodriza y contempla desde fuera la canica azul a la que no volverá nunca”.
El aire de la noche.
Dónde está la cámara que proyecta sobre un fondo negro.
La novela avanza como los negativos de una película, sumándose unos a otros, y cuando los personajes hablan parece que cantan un blues.
“Veo círculos dibujados sobre la tierra –escribe Blanca Riestra-. Cientos depensamientos funcionan en paralelo y salen volando como dirigibles en la noche. Nacen de cabezas durmientes, de cabezas insomnes, de cabezas ajenas a sí mismas”.
Esta novela nos aúna en una sola geometría, rota por todas partes. Nos contagia, con esa cadencia personaje que se instala en el balcón interior para mirarnos hacia dentro, para seguir cantando y callando, un golpe, la soledad de las montañas sobre el desierto, una grieta en una acera; otro golpe, una caricia bienintencionada, torpe, desaparecida; nos contagia con esa fuerza poética que tienen las novelas que más me gustan, escritas desde la energía desconocida de las tripas y pulidas con conocimiento literario.
[Presentación en Los diablos azules, Madrid, día de San Juan, 2010]

La noche sucks
Blanca Riestra
Alianza. Madrid, 2010. 255 páginas, 16 euros
Ricardo SENABRE | Publicado el 25/06/2010
Albuquerque, Nuevo México. Zona de intensa inmigración. Seres desvalidos, solitarios, desnortados, de vida precaria y sin horizontes, que subsisten en lugares míseros y oscuros. Éste es el marco que ha elegido la escritora coruñesa Blanca Riestra (1970) para situar sus historias. Porque son varias, aunque la mayoría de ellas no tenga relación con las demás y ninguna posea un comienzo y un desenlace nítidos. Lo que la autora ofrece son fragmentos, destellos en forma de secuencias que se van superponiendo, en una estructura inspirada, según ella misma confiesa en el apéndice (p. 250), por la lectura de El bosque de la noche, de Djuna Barnes, y de 2666, de Roberto Bolaño. La sinceridad es siempre una grata virtud, pero conviene advertir que los modelos citados se mantienen en una especie de cima inalcanzable si atendemos al resultado de La noche sucks, que no pasa de ser un esbozo, una tentativa con chispas de talento -un tanto mimética, eso sí- con demasiados flecos sueltos y dispersos, con un excesivo número de amagos y evasivas que acaban por dañar la necesaria cohesión del conjunto. El relato alterna el tiempo presente de muchas escenas, registradas como si estuvieran ocurriendo en el momento, con la narración tradicional de una tercera persona omnisciente, capaz de entrar en los pensamientos íntimos de los personajes; y en ese variado tapiz de voces se inserta en un momento dado una primera persona narrativa (“Aquél era un viernes del 2006, el quinto año de la guerra de Irak, mi primera primavera en Albuquerque”, pág. 59) que, como se comprobará más adelante (pp. 117-117, 169-174, etc.), no es otra que la de la propia autora, que se refiere a algunas experiencias propias, como su paso por el Instituto Cervantes de la ciudad, añadiéndose de este modo al friso de personajes agrupados en las páginas de la novela y mezclándose con ellos. La aclaración, también en el apéndice que cierra la obra, de que la historia de Michel Astorga -un personaje que huye de la policía por haber asesinado a un sheriff- responde a un hecho real, añade más dudas acerca de los límites entre crónica y ficción en que se mueve La noche sucks, de acuerdo, sin duda, con el propósito deliberado de la autora, alistada en una corriente narrativa cuyo cultivo se ha incrementado en las últimas décadas.
En esta colección de retratos esbozados sobresalen por su mayor entidad algunos, como el emigrante Dimitri, la adolescente Jewelleen -absurdamente embarcada en la búsqueda de un hermano-, el mendigo Joey, los gemelos Julian y Jem -de los que adivinamos un futuro trágico-, el solitario Jonathan Hijuelos, Dorothy, Logan y otros tipos, todos ellos miembros involuntarios de una galería de fracasados -propia de esa línea que recorre la narrativa norteamericana desde Faulkner a Cormac McCarthy-, que viven del recuerdo o han renunciado a todas las ilusiones para convertirse en supervivientes de un mundo oscuro y hostil. La sensación que produce ese ambiente opresor y esos personajes elementales o reducidos a simples muñecos sin futuro zarandeados por un destino adverso, es lo más notable de La noche sucks, donde también hay que destacar el peculiar oído de la autora para reproducir el lenguaje de los inmigrantes chicanos (“Cuando yo era escuincle, fui mesero en una taquería”, p. 72) o sugerir la mezcla de lenguas (“Una señora, con crocs de plástico, calceta. Jewelleen saborea la bebida [...] dentro de poco ya no le quedará dough [
] Logan, sin ducharse, sentado en la silla plegable del yard, respiró el aire...”, p. 58). Y pocas veces cabe anotar deslices, aunque sí alguna adjetivación discutible (“silencio crepitante”, p. 53), todo lo cual convierte el manejo del lenguaje en la mayor virtud de Blanca Riestra como narradora. Podrá avanzar, sin duda, cuando sea menos mimética.
Blanca Riestra: “He comprendido, al fin, que no soy escritora de cuentos”
Por Josep A. Muñoz | Portada | 8.06.10
http://www.revistadeletras.net/blanca-riestra-he-comprendido-al-fin-que-no-soy-escritora-de-cuentos/
Una noche en Albuquerque (Nuevo México). Un microcosmos repleto de personajes que viven emocionalmente más dentro que fuera pero físicamente más fuera que dentro. Un camionero, una autoestopista, el dueño de un bar a punto para abrir, un mendigo que anota las matrículas de los coches, un fugitivo de la justicia que sale y vuelve a entrar… Los cruces de la carretera son los desvíos de la vida que conducen a ninguna parte, de la misma manera que el lector de La noche sucks (Alianza) se encuentra en el cruce desde el que observará los caminos, las rutas que sigue la fauna atrapada entre sus páginas.
Blanca Riestra (Foto: IE University)
Blanca Riestra conoce el lugar. Y a los personajes. Durante dos años fue directora de su Instituto Cervantes. En su nueva novela bebe del lenguaje, del entorno en el que vivió y de pasiones literarias. Bolaño, Barnes, Dos Passos…
En La noche sucks nos ofreces una narración a vista de pájaro, una perspectiva global del mapa en el que se mueven los personajes en conjunto. ¿Te ha ayudado a marcar ese distanciamiento el terminar la novela lejos de Albuquerque?
Es muy posible. Si te das cuenta, La noche sucks y Madrid Blues, que es mi novela anterior, están cruzadas. En Albuquerque escribí sobre Madrid, inventándome una ciudad enmarañada y vista desde lejos, con el deseo de hacer que existiese, porque la distancia es tan grande y Albuquerque tan extraño y distante que la impresión es de irrealidad. Y efectívamente, en Madrid tuve el sueño, el recuerdo desdibujado de Burque, escribiendo con más distancia… y quizás valentía, no sé.
Si hubieras escrito el libro allí no tendrías esa visión global de los personajes, estarías en el centro del meollo.
Bueno, en general suelo tener, como decías, vista de pájaro en todas las circunstancias, es algo que depende del tipo de escritor que seas. Mi visión suele ser muy física y directa pero también en panorámica. Me gustan las estructuras, pero ese es otro tema.
Esa observación en trozos que completan la imagen podría aplicarse a tu bibliografía. La noche sucks nació como cuento y también has aprovechado otras cosas que fuiste publicando para volcarlas aquí.
Sí, pero últimamente he comprendido, al fin, que no soy una escritora de cuentos. Incluso veo que mis cuentos son, en realidad, gérmenes de novela. Mi escritura es novelística. No lo digo como algo malo, sino que se trata de una constatación fácil de ver. Fíjate que no he escrito muchos cuentos. Han salido algunos, he ganado varios premios con ellos, pero necesito espacio. Tengo una escritura que precisa dilación, retraso. Y eso requiere tiempo y lenguaje por delante. Respecto a lo que comentas, es cierto que esta novela tiene relación con dos cuentos: el del mismo título, que ganó el primer Premio Eñe de Relatos en 2006, y otro que apareció en el blog lamanchaliteraria.com al año siguiente. Estas dos historias, simplemente, empezaron a crecer y dejé que se desarrollaran.
Lo de trabajar en varios proyectos a la vez habrá propiciado que unifiques algunos de ellos…
Esa idea me gusta. Todo forma parte de lo mismo. Últimamente se ha hablado mucho del fragmentarismo en la literatura actual. En el fondo, no es el diagnóstico exacto. Las novelas interesantes que se están publicando tienen intenciones de totalidad. La realidad en la que vivimos, con internet, los medios, la televisión, las fronteras desdibujadas…, lo que hace es crear una percepción del mundo cada día más como un todo, un magma que se entrecruza y se mezcla. Es la idea de que todo forma parte de lo mismo. El concepto de la “voz de voces”. Por ejemplo, al explicar la novela, he recurrido a la película Fallen, de Gregory Hoblit, que trata de un condenado a muerte que se reencarna por medio de una canción de los Rolling Stones que se titula Time is on my side…
¡!
… y la gente se va pasando la canción a través del tacto. Mi concepto de la novela actual sería un poco esta intriga, como un estribillo que va pasando de unos a otros.
Albuquerque (Foto: Harvard Univ.)
Personajes que huyen. Y no solo fugitivos de la justicia, todos están escapando o en tránsito, camino de.
Podríamos decir que huyen o que intentan huir y no lo consiguen. O que están atrapados en un espacio opresivo donde no hay salida.
Una jaula.
Eso tiene que ver con mi experiencia en Albuquerque, un sitio muy especial. No es casual que su sobrenombre sea Land of enchantment, “Tierra de encanto”, o “Tierra de encantamiento”. Se dice que la gente que pasa por allí o viene huyendo de algo o se queda atrapada, en un estado de parálisis. Esto es lo que le ocurre a los personajes. Quieren escapar pero no tienen lugar al que ir. Allí el tiempo parece que no pasa. Además es inhóspito, aislado de todo, rodeado de desiertos, de carreteras que llevan a lugares lejanos. Las ciudades más cercanas están a cuatro horas de avión. Nueva York está a ocho. La impresión que te llevas cuando vives en Burque es de ratonera en mitad del desierto. En cualquier caso, me gustaría que no se viera como una novela sobre Albuquerque, sino más bien como una metáfora del mundo y de la existencia. Todos estamos atrapados, ya sea en Barcelona, en A Coruña, en Madrid o en Londres. Es una metáfora extrapolable a cualquier lugar.
Respecto a la naturaleza de La noche sucks se ha hablado de la “novela bosque” y de Roberto Bolaño…
Bolaño me interesa mucho y mi deslumbramiento con él tenía que ver con la estructura. Creo que el gran hallazgo de Bolaño en sus novelas más densas es su trabajo con esas estructuras construidas en torno a un espacio vacío. Es maravilloso. Hay un significado que se calla hasta el final. El lector lo presiente, pero se traga las seiscientas páginas para tener la visión global. Aunque solo fuera por eso, Bolaño debe pasar a la historia de la literatura como uno de los grandes. Y sí, me interesan esas novelas hechas alrededor del vacío o sobre algo que se calla.
Mi efecto como lector es el de inquietud, precisamente por ese vacío que también se detecta en tu novela. Lo fácil hubiera sido hacer pequeñas historias y luego echar mano de la coctelera. Sin embargo, desde el primer momento, vas introduciendo a los personajes y vas jugando con ellos sin ninguna voz que nos coja de la mano y nos indique el camino que se va a seguir. El colmo es cuando la narradora también interviene en algunos pasajes como un personaje más.
Ya, es el colmo de la perversidad (risas). Lo se, lo sé. Pero esa era la intención. En el fondo está escrito así para crear un estado hipnótico, a base de repeticiones y de historias truncadas. No me gusta mucho el efectismo ni las vueltas de tuerca con finales en forma de pirueta, de ahí que el género del cuento no acabe de convencerme. Me gusta que las cosas queden abiertas, porque el efecto final resulta más inquietante y, al mismo tiempo, es perverso. La participación de la narradora tiene como función la de inquietar aún más, embrollar las pistas.
Foto © Foodie
En las anotaciones finales das a entender que algunos de los personajes están inspirados en gente a quien conociste en Burque, algo inevitable siendo tú una más de las que se quedaron atrapadas allí. Como el lugar, hablamos también de personas atípicas.
Me encontré con gente muy interesante, entre ellos al poeta Ángel González, en sus últimos años. Pero son divertidos todos los que parecen salidos de las películas sobre el profundo sur, la Rute 66, Easy Rider… Llegas allí y te das cuenta de que no es una construcción estética, sino que es la realidad. Y lo sigue siendo en el 2010. Easy Rider se podría hacer igual ahora. Es gente solitaria que vive su presente de una manera desencantada. Se relacionan entre ellos pero están aislados, viven en un mundo que está dentro de ellos mismos.
Djuna Barnes
Desconozco la literatura de Djuna Barnes, a la que citas en la novela y de la que dices haber recibido influencias.
Si no la has leído, tienes que ir corriendo a comprarla. Mi primera edición de su novela El bosque de la noche era una de bolsillo de Seix Barral, del ochenta y tantos. Estaba prologada por T. S. Eliot. Barnes era muy amiga de James Joyce, que la respetaba muchísimo. Desgraciadamente, quizás porque era una persona dura y que cedió muy poco, y por la época en la que vivió, con una sociedad machista, solo se aborda su obra en los estudios de género en Estados Unidos, como lesbiana famosa. Es una novelista maravillosa. Me interesa mucho porque patentó este tipo de novela enmarañada, redonda, de voces que se entrecruzan, completamente excesiva, con un lenguaje desbordante y, claro, también en este caso, se trata de una novela nocturna y dionisíaca sobre lo que encontramos debajo de las apariencias, sobre la pérdida de control, la parte oscura… Son personajes que vagan por las calles del París de entreguerras, los bajos fondos, la generación perdida, la de Hemingway, la mayor parte de los personajes son alcohólicos… Todo lo que te pueda contar de ella será algo entusiasta, porque es una obra podadísima con una literatura que se ramifica y que la encumbró, pero también la acabó destrozando.
Ilustración: Cándido Alvarado
No podía faltar en La noche sucks ese lenguaje naturalista, utilizando el spanglish y el vocabulario fronterizo ya desde su propio título.
Viví en medio de eso, aunque no hablo spanglish, es mi aproximación a esa realidad. Reconozco que, a diferencia de los miembros de las Reales Academias Hispánicas, defiendo el spanglish. Las lenguas no deben ser puras, sino que son entes híbridos y es genial que las palabras se mezclen y hagan hijos. Lo de preservar la pureza es como meterlas en ataudes. El spanglish es muy poético, se presta a todo tipo de hallazgos y de invenciones de palabras muy divertidas y apetecibles. Por ejemplo, “tinajero”, ¿sabes lo que es?
¿?
Es “adolescente”, el calco de teenager (risas). Es muy curioso. Mientras corregía el libro pensé en que quizás hubiera sido apropiado las notas a pie de página, pero sería traicionar el espíritu del libro, que es bilingüe y espurio. Además, me horroriza ese recurso, como las citas que abren las novelas. El texto tiene que ir directo y dejarse limpio. Si no funciona sin aclaraciones, es que no funciona.
Recuerdo un artículo de Javier Cercas en el que defendía la lectura del Quijote en edición virgen, sin notas, ni introducción ni referencias de ningún tipo. El perderse en la lectura forma parte del encanto.
Lo de leer pretendiendo entender todo es una deformación que no sé quién la habrá inventado. Las palabras están ahí para que uno se las trague. Y deben ir seguidas, no puedes estar buscando en el diccionario.
A veces la curiosidad mata, me sucede con la obra de Rivera Letelier, no puedo evitar buscar los sinónimos de las palabras chilenas que utiliza.
Pues no lo hagas, deja espacio a la imaginación (risas).
¿Has cambiado tu manera de escribir, con el uso de internet, el blog…?
Todo nos influye. Lo del blog es muy interesante, porque es un soporte fantasmal, visible e invisible al mismo tiempo. Da la impresión de que puedes pasar desapercibido pero también ser visto, lo que te da una sensación de impunidad un poco rara.
Bueno, como cuando publicas un libro, te lo pueden leer o no…
¡Pero es diferente! Internet está omnipresente en todas partes, los libros no. Los libros no los compra nadie.
Mujer, no digas eso… (risas).
Quiero decir que los compran un porcentaje mínimo de personas, en comparación…
Pero hay blogs que tampoco los lee nadie, pasan totalmente desapercibidos…
Pero están ahí…
Como los libros en la biblioteca…
Sí, pero el porcentaje de posibilidades de ser leído en internet quizás es más alto. O de no ser leído, que también puede ser bueno. Siempre he tenido esa esquizofrenia, el deseo de ser leída y, a la vez, de no serlo. Y en eso, internet me conviene. Tengo la posibilidad de que no me vea nadie, que me gusta, y la de que me vean que, desgraciadamente, también me gusta. Además internet significa un relevo de poder en la crítica literaria muy interesante…
Estoy de acuerdo.
… y la ruptura de una serie de barreras y de censuras, que había hasta ahora y que parecían férreas, de los suplementos culturales. Por mucho que se diga que no, estaban los mismos de siempre desde hace veinte años y no se hablaba de todo lo que había. Ahora hay información de todo y esto ha desacomplejado bastante la discusión literaria. De repente, desde hace unos años, se puede hablar de literatura sin vergüenza. En los ‘90, el peor insulto que podías recibir de un editor es que quisieras ser literario. Ahora vuelve a ser algo aceptable. Teorizar sobre lo que uno escribe me parece sanísimo.
¿Y la interacción con los lectores?
Esa es otra situación esquizofrénica que da una sensación vertiginosa. Siempre se ha dicho lo de la relación con el lector, Cortázar escribió sobre eso…, pero era algo que se decía entre comillas. Ahora es real. Tiene algo de perturbador. Es estupendo pero da algo de miedo.
Foto: Inst. Cervantes de Albuquerque
Describes Burque como “un vertedero en el que sólo anidan aves de paso, quebrantahuesos, fugitivos, estudiantes repetidores…”. ¿Qué hace el Instituro Cervantes en semejante lugar?
(Risas) Es una de las grandes incógnitas de la red Cervantes. Creo que sigue siendo el centro más pequeño de todos los que hay activos. ¿Qué se hace? Principalmente, clases de español para extranjeros, en empresas… También se organiza una programación cultural a tono con la población de la zona. No es como la de Nueva York, pero sin duda es interesante, con gente relacionada al ámbito local. Se utilizan mucho los activos de la ciudad. Se procura estar presentes en la vida de “la comunidad”, como dicen los americanos.
¿Hay autores interesantes por allí?
Cormac McCarthy vive en Santa Fe, aunque se escapa de todo el mundo, ni hace entrevistas, ni asiste a actividades ni presenta nada. Le Clézio tiene casa en Albuquerque, pero también es muy huidizo. Como te decía antes, Ángel González vivió allí, fue profesor en la universidad durante veinte años. Henry Roth, autor de Llámalo sueño, pasó sus últimos días en Burque, viviendo en una morgue con su mujer, y fue allí donde escribió su trilogía póstuma titulada Mercy of a Rude Stream, que es el acrónimo de la palabra mors, “muerte” en latín. Como ves, individuos raros, escapados, que acaban por esa zona pero permanecen ajenos a los cenáculos literarios.
En ese centro acabáis los más jovenes, por lo que veo.
Claro, mandan a los kamikazes del “mundo mundial” (risas), o a autores que quieren pasar unos años de retiro espiritual, que es en lo que se acaba convirtiendo. Ir allí es como meterte en un monasterio benedictino, lo que no está nada mal, como bucear dentro de uno mismo en la irrealidad.
Josep A. Muñoz
"Hay algo terrible en la noche. No sólo porque es un adelanto de cómo será la muerte, sino porque en la noche todo parece abandonado. Hasta los cuerpos. Ya nada tiene su función, nada se esconde. Todo está desnudo. El mundo parece un vasto plató de televisión desposeído".
Escribir: una odisea en el espacio
(Conferencia en el Instituto Cervantes de Delhi, el 17 de mayo 2010)
Blanca Riestra
La novela es el único género donde el tiempo actúa sobre el lenguaje con todas las consecuencias. Sólo en ella es posible la dilación. Escribir una novela se parece extrañamente a la construcción de un edificio. El novelista es como el jugador de ajedrez, como el diseñador de jardines franceses, como el tipo obsesionado por los puzles o aquel que construye catedrales con cerillas. El novelista escribe por acumulación, fijándose sólo en la pequeñez de cada fragmento, presa de una especie de síndrome de Diógenes.
Alguien dijo que toda actividad reiterada suficientemente en el tiempo –cualquiera- se convierte en algo místico. También escribir.
En estos tiempos en que las fronteras se están desdibujado, en estos tiempos de virtualidad, de a-espacialidad, las construcciones novelísticas curiosamente cobran un carácter cada vez más físico, configurando espacios bien delimitados y simbólicos . Son objetos espaciales: monolitos, suspendidos en la nada.
La autora hablará sobre la importancia del espacio en su narrativa y en la narrativa contemporánea en español.

(escrito el 10 de julio de 2006 en Albuquerque)
Desde la ventana de mi casa, cuando me siento a escribir, veo un cielo de tejados bajos, azoteas con palomas muertas, y, ahora que ha empezado la estación húmeda en Nuevo México, charcos de agua violenta y, a lo lejos, casi siempre rayos que caen como dibujo de niño sobre el desierto. Es importante lo que ves por la ventana, pues, a menudo, sobre todo si estás escribiendo, lo que ves empieza a habitarte y se convierte en parte de ti misma. Por ejemplo: en el aparcamiento de la calle Gold con la séptima, a eso de las seis de la tarde, empiezan a descargar la camioneta los del grupo de las ocho, suelen ser punkies o a veces, si hay suerte, hard core. Los grupos del Launchpad, igual que Gary el guardián del Lote ocho o, Rex, el peluquero, enamorado de Javier Bardem, se han convertido un poco en personajes de la novela en la que vivo. Los punkies siempre me saludan cuando paso cargada con ropa de lavandería o con las bolsas de la compra y Gary, a veces, cuando no está absorto en la lectura de “News of the world”, me ayuda a abrir el portal donde un inspirado ha colgado una silla amarrada por las patas que amenaza con rompernos la crisma a cualquiera en cualquier momento. Y así, después de cenar, escribo hasta la madrugada, contemplando los neones del Hotel Blue y la placidez oscura del Río Grande detrás del Bosque de Albuquerque. No sé, pienso que tanta tormenta eléctrica y tanto rock en vivo está desordenando lo poco que quedaba en mí de plácido. Cuando los conciertos terminan en el Launchpad, Logan, el dueño, un tipo alto con gafas que bebe Doctor Pepper, cierra la parte de atrás y echa a los rezagados. Entonces, yo bajo las persianas y me acuesto. Sueño mucho con Johnny Idol, y a veces con Alice Cooper que a menudo, antes de darme un puñetazo, me sonríe.
Ay, la noche oscura que se derrumba y la libertad de los camiones y esa sensación de que todo nos está permitido. Y el olor a sudor y a maleza seca. Michael Astorga no era un mal tipo. Sólo era humano. ¿No son humanos ustedes? Astorga era un hombre y la noche iba cayendo como un risco.
La radio, cuando suena en medio de la noche, transforma las carreteras en barcos y así el desierto era como una extensión de agua negra, inagotable. Sonaron los Eagles y luego Joan Baez y luego Britney Spears y luego el Rey con su voz de terciopelo. Y la voz del Rey era como la savia misma de la noche en Arizona y Benny empezó a tararear mientras pensaba que, quién sabe, quizás el mismo Elvis viviese en algún lugar perdido de aquel estado salvaje, harto de la fama y de las fans, y quizás los observase, con un rifle sobre el hombro, como Dios observa a los hombres y les permite que jueguen, que enfermen, que amen o que mueran... Pasaban los indicadores y las estaciones de servicio y Benny vio que la chica dormía, ajena a todo, junto a él.
Escrito sobre el frontispicio de la General Post Office de Eigth avenue, New York city:
"Neither snow nor rain nor heat nor gloom of night stays these couriers from the swift completion of their appointed rounds".
Bowie canta Sound and vision.
Voy a fundar una asociación de enemigos del cuento y del microcuento. Seré la única socia en este país de cuentistas vocacionales.
El cuento es frustrante. Donde esté un buen chorro de voz a piñón fijo.
La novela es física. Se abren las espuertas y sale el cantar de los cantares, atronador, hasta que se cierra. Y Gulp, ahí te quedas...
18/04/2010 MANUEL CUENYA
Madrid Blues
Blanca Riestra. Alianza Editorial, Madrid, 2008. 240 pp.
Si antes, Blanca Riestra nos deslumbró con su novela La canción de las cerezas , ahora lo hace con Madrid Blues . Si su segunda novela estaba ambientada en el París de los 90, un París-vertedero, más que un París-fiesta (por decirlo a lo Hemingway), adonde van a parar jóvenes estudiantes, como Erasmus y otros, en busca de gloria o un futuro profesional, quizá vital, ahora Blanca nos sitúa en nuestra capi, ese Madrid actual de Lavapiés y el barrio del Pilar, la calle Montera y la plaza Jacinto Benavente, Antón Martín y Atocha, que cada día se parece más a París en su paisanaje y ese modo de vida tan apresurado e impersonal, ese Madrid «miserable» en el que se está fraguando el atentado del 11-M, ese Madrid «hueco, recorrido por alcantarillas donde navegan ratas, por túneles donde mendigos juegan al mus», ese Madrid plagado de personajes frustrados, de emigrantes sin papeles en busca de autor y una salida a como de lugar, véase ese curioso marrakchí, Jusef Ahmed, que pretende salvar el mundo dinamitándolo, nomás, ese Madrid de gente hacinada, cuyos tipos sienten el tormento del peso existencial, tal vez el desarraigo, de una vida cruel y sin concesiones, que en cierto sentido me recuerda La Colmena de Cela, aunque revisitada por el tiempo presente. No sé si nuestra querida Blanca se habrá inspirado en esta novela conductual del maestro Cela.
Si en La canción de las cerezas aparecían personajes marginales, solitarios y morriñosos, niñas pija o fresita y emigrantes de toda condición en la Babel parisina, en Madrid Blues ocurre algo parecido. Se nota que a esta escritora gallega le gusta ahondar en los bajos fondos, en los subterráneos de esta realidad, en ocasiones pútrida, en esta suciedad/sociedad humana de las grandes y cada día más deshumanizadas, incluso «incivilizadas», ciudades europeas, como lo son París y Madrid. No hay más que descender, como lo hiciera poéticamente Rimbaud, a los infiernos del metro, tanto en una ciudad como en otra. Da como escalofríos. Aunque creo que París es aún una ciudad más jodida, en la que late la agresividad y la violencia, que Madrid. Si es que en el fondo, qué terrible, todas las ciudades acaban pareciéndose, acaso debido a esta globalización de la miseria, que no del buen gusto y las sanas formas de vida. «Las ciudades son un poco así, cuerpos vivos que duelen -”escribe Riestra-”, que se expanden como galaxias». París ha dejado de ser un mito literario, habitado por poetas románticos y artistas bohemios, para convertirse en un lugar lleno de neurosis y aun otras patologías. Y Madrid, Mayrit, tampoco es ya aquel poblachón manchego, castizo y «aserenado», ni siquiera aquel Madrid de la movida, aunque sí siga siendo absurdo y hambriento, como nos dijo Valle Inclán en Luces de bohemia , y sobre todo, el de ahora, es un Madrid obtuso, como diría la propia autora, un Madrid-Aleph (lo que nos remite a aquel magnífico cuento de Borges), en el que la narradora es la propia autora, en este caso Riestra, «una ciudad tan sucia y tan caliente, habitada por seres callados para muchas cosas y habladores para otras, enamorados del fútbol, del cerdo, del amor, acomplejados y malhumorados, envidiosos, pero también románticos y un poco heroicos, a veces». Una descripción atrevida y certera, creo, que esta magnífica narradora remata del siguiente modo: «Bajos y morenos, y altos y pálidos, con aquel exacerbado sentido del ridículo que era un poco árabe y un poco judío, un poco godo. Y sus mujeres gruesas, longevas y habladoras, y chicas jóvenes, descastadas, impertinentes, tan empeñadas en hacer justicia en todas partes, en vocear causas perdidas». Vaya análisis psico-sociológico haces, Blanca. Se ve a la legua que conoces nuestro perfil. No en vano has vivido en varios lugares que te permiten hilar fino acerca de los caracteres humanos. Pues así se nos aparece Madrid Blues , cuyo título es un homenaje a Tom Waits, y que se basa en hechos reales, según la autora, para deformarlos con la única finalidad de hacer literatura.
Like A Rolling Stone
Once upon a time you dressed so fine
You threw the bums a dime in your prime, didn’t you?
People’d call, say, “Beware doll, you’re bound to fall”
You thought they were all kiddin’ you
You used to laugh about
Everybody that was hangin’ out
Now you don’t talk so loud
Now you don’t seem so proud
About having to be scrounging for your next meal
How does it feel
How does it feel
To be without a home
Like a complete unknown
Like a rolling stone?
You’ve gone to the finest school all right, Miss Lonely
But you know you only used to get juiced in it
And nobody has ever taught you how to live on the street
And now you find out you’re gonna have to get used to it
You said you’d never compromise
With the mystery tramp, but now you realize
He’s not selling any alibis
As you stare into the vacuum of his eyes
And ask him do you want to make a deal?
How does it feel
How does it feel
To be on your own
With no direction home
Like a complete unknown
Like a rolling stone?
You never turned around to see the frowns on the jugglers and the clowns
When they all come down and did tricks for you
You never understood that it ain’t no good
You shouldn’t let other people get your kicks for you
You used to ride on the chrome horse with your diplomat
Who carried on his shoulder a Siamese cat
Ain’t it hard when you discover that
He really wasn’t where it’s at
After he took from you everything he could steal
How does it feel
How does it feel
To be on your own
With no direction home
Like a complete unknown
Like a rolling stone?
Princess on the steeple and all the pretty people
They’re drinkin’, thinkin’ that they got it made
Exchanging all kinds of precious gifts and things
But you’d better lift your diamond ring, you’d better pawn it babe
You used to be so amused
At Napoleon in rags and the language that he used
Go to him now, he calls you, you can’t refuse
When you got nothing, you got nothing to lose
You’re invisible now, you got no secrets to conceal
How does it feel
How does it feel
To be on your own
With no direction home
Like a complete unknown
Like a rolling stone?
Copyright © 1965 by Warner Bros. Inc.; renewed 1993 by Special Rider Music
DESFILE
Solidísimos bribones. Muchos han explotado vuestros mundos. Sin necesidades, y poco dispuestos a poner en práctica sus brillantes talentos y su experiencia de vuestras conciencias. ¡Qué hombres tan maduros! ¡Ojos alelados a la manera de la noche de estío, rojos y negros, tricolores, de acero punteado por estrellas de oro; semblantes deformes, plomizos, lívidos, incendiados; alocadas ronqueras! ¡El paso cruel de los oropeles! - Hay algunos jóvenes, - ¿cómo mirarían a Querubín? - dotados de voces espantosas y de algunos recursos peligrosos. Los envían a pavonearse en la ciudad, ridículamente ataviados de un lujo repugnante.
¡Oh el más violento Paraíso de la mueca rabiosa! Sin comparación con vuestros Faquires y demás bufonadas escénicas. En trajes improvisados con el sabor del mal sueño representan endechas, tragedias de malandrines y de semidioses espirituales como nunca lo han sido la historia o las religiones. Chinos, hotentotes, zíngaros, necios, hienas, Molocs, viejas demencias, demonios siniestros, mezclan giros populares, maternales, con las posturas y las ternuras bestiales. Interpretarían piezas nuevas y canciones para "señoritas". Maestros juglares, transforman el lugar y las personas y emplean la comedia magnética. Llamean los ojos, la sangre canta, los huesos se ensanchan, las lágrimas y unos hilillos rojos chorrean. Su burla o su terror dura un minuto, o meses enteros.
Sólo yo tengo la clave de este desfile salvaje.
Y el mundo por delante
aullaba
como lobo
aullaba y llameaba
no lo vimos
cómo íbamos a verlo
demasiado ocupadas
saliendo del metro de Nation
pintándonos los párpados
comprando zapatillas
En el norte de Nuevo México hay una región llamada el "Embudo".

Lacan dice, corrigiendo a Bataille, que el deseo sexual no es deseo de unidad, si no más bien narcisismo, deseo de existir.
Globalización
Web-Red.
El tiempo es a lo circular e intrincado.
No es extraño que en medio de la supuesta fragmentación, del supuesto cambio de paradigmas, todos tendamos a escribir novelas circulares. El regreso del espejismo de la novela total: Melville, Dostoievski, Cevantes.
Aquellos que no juran más que por la red -qué nombre: red- en el fondo están comulgado en el credo de la unidad, del ser de seres, la totalidad... ¿la comunión de los santos?
En el fondo todos los libros que uno escribe son como un solo libro. Una madeja que se enrolla sobre sí misma, un diálogo que aún no ha terminado. No hay pausa, no hay cambio, sólo variaciones sobre lo mismo, el diálogo que uno mantiene con el mundo.
Es curioso como la noción “dentro” tira de nosotros. Queremos entrar. Es como si las ventanas cerradas ejerciesen un tipo de presión frente al espacio exterior. El “interior” nos succiona. Aunque presintamos que lo que hay “dentro” es oscuro, negro.
Un escritor es un charlatán? Es posible escribir y estar callado o para escribir hay que vociferar?
A veces lo parece.
«Ce qui vient au monde pour ne rien troubler ne mérite ni égards ni patience.»
René Char
Laberinto, túneles, hilo rojo. Una novela enmarañada.
Me ronda esta imagen. Creo que tiene que ver con la próxima novela. La llevo en un pendrive, apariciones de Bataille lleno de deseo, y también enfermo, años después. Un mundo futuro azul, bajo una campana. Una adolescente que se despierta en medio de la noche y abre los ojos como platos y no ve más que negrura.
Pues sí, un periodo de agotamiento. Y una certeza con muy pocas excepciones: no hay interlocutor, nadie nos lee. ¿No existe nadie ahí fuera?
Una bruma de grey goo ha devastado la faz del planeta.
NOVIEMBRE DE 2001
Leiris, nacido en una atmósfera burguesa, se acercó de joven al dadaísmo y al surrealismo, pero no tardó en alejarse de ambos movimientos. Después desarrolló una duradera fascinación etnográfica por culturas como la africana, la caribeña y la centroamericana. De sus libros destaca su tetralogía autobiográfica La regla del juego. Este año es el centenario de su nacimiento.
El mundo es testigo de cómo van desapareciendo, entre muchos intelectuales, cualidades como la lucidez, la coherencia moral y la rectitud. El afán de alcanzar y aferrarse a un poder irrisorio, las estrategias de promoción y otros señuelos no son cosa reciente; pero los escritores de hoy se dejan seducir más que nunca por el canto de esas sirenas. Hace casi medio siglo, Julien Gracq escribió: "Desde hace algunos años, la literatura ha sido víctima de una extraordinaria maniobra de intimidación por parte de lo no literario y de su representante más agresivo". En esa frase, Gracq aludía a los mecanismos que transforman el mundo de la creación literaria —ese sostén de lo que el espíritu tiene de excepcional y único— en un objeto de poder al servicio de la maquinaria mercantil. Sólo algunas obras renuentes a la erosión del tiempo revelan que sus autores afrontaron ese desafío: el de proponer al lector textos que viven por sí mismos, y no en virtud de un objetivo que les resulta ajeno.
Este 2001, Michel Leiris cumpliría cien años. La coincidencia de fechas nos hace recordar su personalidad y el rasgo más vigoroso de su trayectoria: cuando uno escoge ser escritor, vida y obra se confunden. No se trata de alejarse del mundo ni encerrarse en la proverbial torre de marfil; la presencia del escritor debe corresponder al trabajo de creación artística. Acometer la escritura es integrar el mundo a uno mismo y volverlo algo propio. Leiris, hoy considerado un clásico contemporáneo, quizá debido a su intransigencia, no conoció el purgatorio de tantos escritores del siglo XX. La trayectoria vital, las preocupaciones políticas, la profunda coherencia de su obra y su conducta y su pasión por la escritura hicieron de él un personaje extraño y perturbador. Antidemagogo por excelencia, permaneció fiel a algunas ideas rebeldemente filantrópicas que hoy parecerían un lugar común; también poseyó una mirada filosamente crítica, siempre mostró devoción por una literatura desprovista de artificios y más de una vez sus reflexiones alcanzaron la clarividencia. Todas esas características de su personalidad fueron resultado de unas ganas de vivir, una honradez y una perseverancia inusuales.
Leiris nació en 1901 en el seno de una familia burguesa de la rive droite de París. Su padre, hábil en el manejo de capitales, fue el artífice de algunas fortunas. La educación del joven Leiris se caracterizó por resultados mediocres en el seno de prestigiosos colegios y por una fuerte inclinación artística. La música y sobre todo la ópera, las artes plásticas en plena revolución y la lectura fueron las principales actividades del joven Michel. Para él, como para muchos, la Primera Guerra Mundial significó un parteaguas en su vida. Demasiado bisoño para ser llamado a las armas, Leiris vivió una adolescencia atormentada por bombardeos lejanos y desfiles de "descabezados", como llamaban los franceses a los numerosos heridos y mutilados del conflicto. Más que la guerra, el final de la contienda lo marcó de manera indeleble: la fiesta eterna de los jóvenes, ávidos de recuperar el tiempo perdido; el jazz que habían traído las tropas estadounidenses, y la ansiedad que acompañaba a ese nuevo ritmo (ante el que Leiris sucumbió); el despertar sexual; la iniciación a la bebida. Y sobre todo el conocimiento de otros artistas que pronto se convirtieron en cómplices suyos.
Para entonces, Leiris deseaba ser poeta y conoció a muchos escritores. Raymond Roussell, por ejemplo, era un visitante asiduo de su casa. Mientras todas esas inquietudes se apoderaban de él, el incumplimiento de los deberes escolares lo alejó de los estudios superiores y lo condujo a tomar un empleo. Ello le permitió disfrutar de su juventud con mayor libertad. También en esa época surge la amistad con Max Jacob y André Masson, quienes se convirtieron en sus padrinos artísticos. Si Max Jacob guió sus primeros pasos, el pintor Masson resultó su primer interlocutor: el estudio de la rue Blomet, lugar mítico de la cultura francesa del momento, se convirtió en el punto de encuentro de los inquietos que conformaron el grupo de los surrealistas. Breton, Aragon y Soupault lanzaron la revista Literature, y poco después, en 1924, llevaron a cabo "la revolución surrealista". Michel Leiris se embarcó entonces en esa aventura intelectual y artística, que tanta influencia tuvo en la cultura mundial.
Compartió con sus jóvenes amigos un violento repudio a "los valores hipócritas de la sociedad occidental", y ese sentimiento lo acompañó a lo largo de su vida. Todavía joven, Leiris se acercó también a la antropología y, en virtud de ese interés, Marcel Griaule lo nombró secretario archivista de la misión diplomática en Dakar y Djbouti (1931-1933). A su regreso, en 1934, publicó Afrique fântome, escrito a partir de la gran cantidad de notas que tomó durante ese viaje. Desde esa fecha se desempeñó como etnólogo y miembro del Museo del Hombre, donde conservó un gabinete hasta mucho después de su jubilación.
Otra gran amistad lo unió a Georges Bataille. Gracias a esa relación, Leiris liberó su pensamiento y rompió con el grupo surrealista. Comenzó entonces a trabajar en la revista Documents animado por Bataille, y fundó con él y con Roger Caillois el Colegio de Sociología. Leiris vivió intensamente el periodo de entreguerras, ese momento brillante y efervescente de la actividad intelectual en Francia. En los años veinte publicó algunos poemas y su única novela, todavía bajo la influencia del surrealismo: Aurora. Más adelante, ejerciendo la autobiografía, Leiris marcaría de manera profunda la literatura francesa, como si su trabajo hubiera obedecido a una investigación antropológica en la que mezcló la observación del yo con el estudio científico de su contrario, desde el punto de vista humano: las sociedades primitivas en las que lo irracional tiene un valor sagrado. A mediados de 1930 se dedicó por completo a su carrera de etnólogo y a la literatura.
La política resultó otra actividad que tanto su personalidad como la época lo impulsaron a desempeñar. Leiris fue antifascista desde el primer momento, un anticolonialista convencido, a partir de 1941, y durante la ocupación alemana formó parte de la red de resistencia conocida con el nombre de "Museo del Hombre". Luego fundó la revista Les temps modernes junto con Sartre, otro amigo cercano. Leiris nunca aceptó el mundo como tal: su honestidad le impedía sentirse satisfecho. Toda su vida se preocupó por el establecimiento de una justicia social. La revolución lo tentó, pero su pensamiento, siempre lúcido, le permitió descifrar la trampa de todas las ideologías; a sus viajes a China o a Cuba siguieron reflexiones en las que impera la duda. Firmó numerosas peticiones, tuvo una participación activa en mayo de 1968 y se opuso a la guerra de Argelia. Más que una adhesión, su inclinación hacia las causas políticas siempre fue motivada por un sentimiento justiciero y contestatario, una prolongación de su actividad poética en el transcurso de ese siglo atormentado. Michel Leiris murió en 1990, sin grandes ilusiones acerca del verdadero alcance de la etnología: "Para expresar mi sentimiento, en resumen, la etnología no sirve para nada, puesto que no cambia nada". A la literatura la consideró más una droga de uso personal que algo capaz de suscitar un cambio benéfico.
El rasgo más conmovedor de Leiris fue su gusto por lo irracional, quizás un rasgo común a sus contemporáneos. El interés por lo irracional está presente en casi todas sus actividades, tanto en los textos literarios (en sus autobiografías, a través del relato de sus sueños y sus fantasmas) como, cosa más rara, en las investigaciones que, en su oficio de etnólogo, realizó acerca de los fenómenos de posesión (entre la etnia africana de los dogons, o en las prácticas de ritos vudús en el Caribe). Percibió en ellos la manifestación de una fuerza semejante a la poesía pura. El espíritu del Rimbaud de la "Carta del vidente" no está lejos de la percepción leirisiana. La antropología no podía ser una disciplina opuesta a la poesía. Leiris manifiesta desprecio por un mundo europeo estrecho y rígido, al que conjura en los diversos géneros de su trabajo. También se interesó por el arte africano, del que se convirtió en especialista mundial. Su amistad con pintores como Masson, Picasso, Lam, Miró o Bacon le inspiró excelentes textos, pero su pluma resultó más ágil al describir los sentimientos que le suscitaba el arte primitivo.
La relación con Aimé Césaire y Wilfredo Lam lo marcó también; es conocida la violencia que ambos sostuvieron en sus obras contra la imposición del racionalismo occidental. Escritor, crítico de arte, etnólogo o figura política, Michel Leiris siempre rechazó el universo europeo, tan lleno de certezas y en ocasiones tan irrespetuoso frente a las maneras de pensar diferentes.
Las preguntas que se hacía lo llevaron a levantar verdaderos faros en el terreno literario: el ensayo corto De la literatura considerada como una tauromaquia enuncia las condiciones que percibe en la necesidad de escribir. En ese mismo texto se cuestiona: "¿Eso que sucede en el terreno de la escritura no carece de valor si sólo es estético, anodino, desprovisto de juicio?" Confería a la escritura un valor que va más allá del arte de embellecer el pasatiempo ajeno. Como reacción concibió la idea de ponerse al desnudo: buscó hacer de sí mismo "el rumor de los grandes temas de la tragedia humana". Leiris decidió entrar en escena y reconstruir su pasado en un texto literario, distanciado del diario íntimo o el libro de memorias: la versión de su vida debía estar libre de misericordia, exageración o pudor fingido.
Comenzó la redacción de La edad de hombre luego de varias sesiones de psicoanálisis, y a partir de entonces concibió la escritura como un medio de adentrarse en sí mismo en busca de datos humanamente esenciales. A veces el afán de lucidez llegó a altos niveles de crueldad: "Quisiera caer enfermo a fuerza de sinceridad. Dar el ejemplo único de un hombre que, en resumen, rara vez se ha ilusionado consigo y que, como nadie, ha sabido verse a sí mismo". A partir de esos principios logró escribir La edad de hombre (1939) y luego cuatro volúmenes que constituyen La regla del juego, título que anuncia a un espíritu lúcido en busca de la conciencia del mundo; en Bifures (1948), persiguió el lenguaje para sorprenderlo y forzarlo, para interrogar esa herramienta y encontrar sus límites; en Fourbis (1955), siempre concentrado en el personaje del autor, subrayó la presencia de la muerte, narró sus pasiones amorosas e incluyó, una vez más, las dos grandes figuras leirisianas: Lucrecia y Judit; en Fibrilles (1966), quiso participar más en la política y en la lucha por un mundo mejor —de ese afán sobrevino una caída que lo condujo a un intento de suicidio—; Frêle bruit (1976), el más literario de los cuatro, resultó un espacio de creación en el que los recuerdos se alternan con textos poéticos.
Esos casi treinta años de escritura autobiográfica permanecen como un momento único en la literatura francesa del siglo XX. En esos textos donde el personaje se confunde con el narrador, quien a su vez se confunde con el autor, la identificación con quien lee supera el poder de las obras de ficción: la dimensión del drama personal hace que resuenen los sentimientos en una escala muy cercana al universo del lector. Entre la confesión y el psicoanálisis, quizás en esos libros haya una voluntad de redención o justificación. Pero, sin importar el impulso secreto de la suma autobiográfica, esta obra brilla por sus cualidades literarias y por la exigencia de su postura radical.
Fiel a sus principios, desde el comienzo Leiris expuso sus debilidades y persiguió una búsqueda interior. Su arte poético se desarrolló junto con el aprendizaje de la vida. Llevó a la práctica su ambición de los años treinta: "Sólo veo en el uso literario de la palabra una manera de afilar la conciencia para vivir plena e intensamente". Su evolución lo condujo a reconocer un desengaño cercano al fracaso. Pero la literatura es más recorrido que meta, más impulso que realización. La sinceridad y la calidad de los textos de Leiris revisten su obra de un valor que sobrepasa el de algunos escritores que primero buscaron el honor y la recompensa. Leiris sabía que, en una participación tan activa en el mundo como es la literatura, existe una posibilidad de encarar lo inadmisible de la condición humana. Tras el peligro de exponer lo más íntimo de sí mismo, Leiris adoptó una frase de Stendhal: "El valor es la única virtud ajena a la hipocresía". -— Traducción de María Virginia Jaua Alemán
Pienso en diagramas.
Esta es una flecha, como un tunel: sale de la inocencia y va dilatándose hacia algo que no sabe lo que es, a través de bares, braserías, prostíbulos... posiblemente ese lugar hacia el que se dirige sea la decepción. La flecha termina en Vézelay, en una escalera un hombre anciano sonríe, dice que la risa es la respuesta. Está enfermo, morirá pronto. La luz del sol de verano entra por la ventana de la biblioteca y lo acaricia.
Toda novela es una argumentación. Incluso una falsa argumentación. Sin argumentación se hunde el andamiaje.
La canción de las cerezas es una emocionante novela de Blanca Riestra. Hacía tiempo que no leía algo tan bueno. Blanca nos cuenta una historia que da la impresión de que fuera autobiográfica, existencialista hasta hacer que vomitemos la vida de puro engaño. “Tengo náuseas. Pero las náuseas son un compañero de viaje con el que me he acostumbrado a convivir”. “Hay que aprender a vivir sola, todos estamos solos frente a la muerte”. La canción de las cerezas es una reflexión inteligente y amarga acerca de la vida. Blanca arremete contra la pijería y las convenciones establecidas. Y lanza dardos contra una España verbernera. “La visión de lo que soy, de la miseria en que estoy imbuida, de la mediocridad de mis propósitos, de la mediocridad de mi vida se me hace tan insoportable que el vómito acaba por resultar necesario, imperioso. Vomito asqueada de mí misma. Me horrorizo, me asqueo, me repugno” “Bien es cierto que todos somos una mierda, que el mundo es un cambalache, que nos aguarda la tumba”. “La idea de trabajar, para cotizar, para comer, para seguir, a fin de cuentas, trabajando para seguir comiendo se me antoja absurda”. “Cuando uno está solo, el dolor se convierte en un solidario compañero de viaje”. Es sin duda una historia autobiográfica. Siento un cariño especial por los escritores capaces de desvelarnos sus propias intimidades, de relatarnos sus propias experiencias y observaciones del mundo entorno. Uno de mis escritores preferidos es Henry Miller. Y Blanca Riestra parece haber leído mucho a Miller. “Yo no he elegido esta historia de ojos que se abren. La historia me eligió a mí”, nos dice Blanca Riestra como dándonos a entender que la historia debe ser contada. Una historia que esta joven escritora sitúa en el París de la Cité Universitaire, en la ciudad de la luz, ciudad laberinto de rayuela, escenario de novelas de Miller, entre otras de Trópico de Cáncer.
El París que nos presenta Blanca se parece mucho al de Miller. “París había dejado de ser una fiesta para convertirse en un enorme y esplendoroso vertedero”. “La realidad de París no deja de ser un simulacro, un espejismo incorpóreo, alucinante, cotidiano”. Viví durante algún tiempo en la capital francesa y la descripción que hace Blanca de esta ciudad me parece brillante, extraordinaria. “París es el no lugar, la carta no marcada dentro de un póker aparentemente dominado por la trampa”. Casi todos vamos a París huyendo, huyendo de nuestro país, huyendo de nuestra vida mediocre y pobretona, en busca de un camino que podría antojársenos artístico, bohemio quizá. Luego de vivir unos meses en el París de los poetas, uno se da cuenta que la rebeldía no es más que una pataleta vana en nuestro camino hacia la tumba, porque en el fondo todas las ciudades son la misma ciudad, y París no es más que un viejo pensamiento, un mito, un mito perfumado con el aroma de la libertad. Uno llega a París para salvarse a uno mismo de sí mismo, para dedicarse a ser uno mismo, incluso para destruirse, como me dijera un amigo catalán. París ha dejado de ser un mito para convertirse en hermoso cementerio, donde están enterradas grandes glorias del arte. Por ejemplo el cementerio de Père Lachaise, donde Oscar Wilde y Colette comparten su última morada con Jim Morrison. “Todos los que allí vivíamos éramos en cierto modo fantasmas... que viven perpetuamente entre paréntesis”, muertos quiza.
“En la vida, como en los libros, desde la primera página podemos averiguar el desenlace... Tan sólo hay que saber leer entre líneas”. La vida, como la literatura, no es más que un largo epílogo superfluo. Todo es tan fugaz, como si la vida fuera un canto fúnebre a destiempo. Qué breve es el tiempo de las cerezas. “La literatura sólo sirve para amueblar el vacío, para permitirnos creer aunque sea por un momento que podremos burlar a la muerte”.
“París es una ciudad con mal carácter que no respeta las leyes de la lógica”. “El París de las postales encubre sin demasiado esmero un París grosero, militante, gamberro, labrador”. “En París conviven lo esplendoroso y lo infamante, el lujo y la lujuria, la felicidad y lo cotidiano”. “Cuánto más dulce es escuchar las historias de los otros, y olvidarse de vivir”.
Por Vicente Jarque
(extracto de la revista Arte y Parte de septiembre 2009)
I ELLA DANZABA…
“Sophie dansait et rêvait/… Sophie dansait le rêve/ du maître du labyrinte/… Elle dansait et rêvait/ un triangle, un rectangle, un rectangle dans un cercle…”, escribió Jean Arp en un poema dedicado a su mujer. Muchas veces había insistido en esa capacidad de su esposa para la danza, y en la manera en que todo su arte habría quedado impregnado de ella. Por nuestra parte, podríamos comenzar este comentario tirando del hilo que nos ofrece una conocida imagen, la de Sophie Taeuber danzando un poema de Hugo Ball,
Gesang der Flugfische und Seepferdchen (Canción del pez volador y los caballitos de mar) en la galería Dada, Zúrich, 1917.Las palabras de Ball, que ella debía seguir (muy distintas de las que Arp, quien la amaba, se molestó en concebir) venían a ser como éstas: “tressli bessli nebogen leila/ flusch kata/ ballubasch/ zack hitti zopp…”, o bien: “zitti kitillabi billabi billabi/ zikko di zakkobam/ fisco kitti bisch”. Etc. Noventa, o como casi cien años después de tan elocuentes como ininteligibles propuestas, sabemos bien que la poesía propiamente dicha, tal vez por razones de simple supervivencia, no ha insistido demasiado en ellas (aunque el
arte, por qué no, sí lo ha hecho). En cualquier caso, en la fotografía de que hablo Sophie Taeuber aparece con (o más bien se oculta tras) una tan bonita como desagradable máscara de inspiración negra, africana, diseñada por Marcel Janko, y enfundada en un traje bastante imposible, con unos brazos a modo de prótesis, en forma de tubos impracticables. Y, aun así, danzaba.Esto resulta tanto más relevante cuando se compara esa imagen con la más célebre del mismo Hugo Ball declamando su poema
Karawane (“jilifanto bambla ô falli bambla/ grossiga m’pfa habla harem/ égiga goramen…”), ataviado con un vestido de cartón enfáticamente rígido, entre cónico y cilindriforme, que le hacía semejante a “un elisco” (decía), provisto de una especie de solemne mantón al cuello y de una suerte de alta tiara (“una cofia de chamán”, decía) en la cima de su cabeza. La performance (1916, todavía en el Cabaret Voltaire) discurrió según lo previsto: entre gritos y risas. Pero la cuestión es que Sophie Taeuber danzaba en la suya, mientras que Hugo Ball no lo hizo en ésta ni por asomo (en realidad, de esa guisa ¿cómo podría?), sino que se mantuvo hasta el final erguido, firme, impasible “ante esta multitud de bonitas muchachas y serios equeño-burgueses [sic]… inmóvil como Savoranola, fantástico y puro” (Hans Richter). La comparación entre esas dos imágenes la desarrolla Ruth Hemus en su texto sobre el cabaret dadaísta y sobre el papel de las mujeres en esos ambientes. Ella tiende a subrayar, con razón, la ambigüedad del papel de lo femenino en aquellas viejas performances suizas en donde, por una parte, los señores artistas reclutaba colaboradoras (como la Taeuber, por ejemplo, para danzar) en cuanto que atávicos exponentes de lo genuino, inmediato, natural o expresivo (de la belleza, de la sexualidad), mientras que, por otra, cubrían sus cuerpos en función de sus radicales conceptos artísticos y los anulaban hasta convertirlas en tristes metáforas de la muñeca sin vida, de la máquina y del movimiento mecánicamente fragmentado. Pero, aun así, esas mujeres danzaban. No obstante, en sus referencias a las actuaciones de Sophie Taeuber, Ball incide más bien es los aspectos que hemos llamado“expresivos”. En su danza reconocía una “delirante extravagancia”, o el “paroxismo de una bella caprichosa burlona demencia”, una gestualidad“llena de deseo romántico, grotesco y arrebatado”. Por otra parte, en un programa relativo a una de aquellas sesiones en la galería Dada, el propio Ball sostiene, a propósito de la intervención de Taeuber, que “un golpe de gong basta para estimular el cuerpo del danzante para producir los más fantásticos movimientos”; y añade: “La danza se ha convertido en un fin en sí mismo”. ¿Un fin en sí mismo? ¿Desencadenado por un mero golpe de gong? Pero en ese caso, y aun en ausencia de música (y de poemas onomatopéyicos), y por mucho que se pusiera al servicio de un concepto más universal del arte, la danza aparecería considerada como un arte autónomo, con sus reglas específicas. Es decir: lo contrario de lo que se pretendía en el contexto de la vanguardia dadaísta, con su tendencia a esa suerte de amtkunstwerk tardía e invertida, en donde cada una de las artes habría de renunciar a su propia tradición y ponerseal servicio de una obra global en donde cada elemento habría de olvidarse de su peculiar organicidad para entrar en una fragmentaria y eventualmente azarosa interactuación con cualesquiera otros. De hecho, si me he extendido en estas consideraciones sobre la danza, ha sido con la intención de subrayar una singularidad que puede servir para iluminar el conjunto de la trayectoria de Sophie Taeuber. Puesto que, a diferencia de sus amigos dadaístas del Cabaret Voltaire y de la galería Dada, ella bien podía introducir la auténtica danza en aquellos espectáculos: no como una dimensión estudiada, intelectualmente provocativa (a la manera de Ball), sino como un saber hacer autónomo. Como algo que, en efecto, había estado antes aprendiendo por su cuenta, y por mediación de la bailarina Mary Wigman, con el coreógrafo Rudolf von Laban en Monte Verità (cerca de Ascona) y en Zúrich. Éste, Laban, destacaba entonces por sus propuestas renovadoras,aunque un tanto confusas,basadas en presuntas conexiones con la danza primitiva, los cultos paganos, un cierto espiritualismo vagamente esotérico, un tanto inepto desde el punto de vista filosófico (aunque bastante menos que la paupérrima teosofía de Mondrian), pero también paradójicamente orientados hacia la codificación gráfica del movimiento humano, es decir, de cuando el ser humano baila: son conocidos sus esfuerzos de “notación” de la danza a semejanza de la notación musical, lo cual daba como resultado unas series de kinetografías que se presentaban en forma de rectángulos, triángulos y figuras geométricas rítmicamente dispuestas (unas imágenes con las que, dicho sea de paso, mantendrían semejanzas algunos de los diseños de Sophie Taeuber para L’Aubette).Va a ser como una bola de espejitos en el techo. Gira, gira.
Bulevares oscuros, taxis que pasan y salpican y, al fondo, la tan hermosa e inútil Porte Saint Denis, Breton dixit...
Y la nave va...
Pienso igual que una chica levanta su vestido. Llevado a sus últimas consecuencias, el pensamiento es el impudor, la obscenidad misma.
G. Bataille
Hace dos días empecé a escribir otra novela -la tercera-. Tres principios de novela y siempre el terror a no ser capaz de volver a escribir. Como si todo lo anterior fuese casual. Nunca es suficiente. El miedo a ser una impostora...
En el fondo daría igual. ¿Por qué va a ser necesario escribir? ¿no es suficiente con estar vivo? Pero la idea de que, a lo peor, no volveré a hacerlo me deja destrozada.
Como los japoneses que sólo son capaces de vivir a través de una lente...
Y de pronto, ya llevaba un par de páginas, me di cuenta de que me había olvidado de todo el tralalá del bosque y el embudo. Donc, he parado.
Hoy, en el metro, recordé algo más: las emboscadas. Irse cayendo en agujeros, socavones, mangas negras. Escribir bolsillos profundos, donde meter la mano (al final el forro estaba descosido y se salen los dedos).
No hay clave al enigma. Nada es concebible fuera de la "apariencia", la voluntad de escapar a la apariencia lleva a cambiar de apariencia, no nos acerca a una verdad que no es. Fuera de la apariencia no hay nada. O: fuera de la apariencia está la noche. Y: en la noche, no hay nada más que la noche. Si hubiese en la noche alguna otra cosa que el lenguaje pudiese explicar, aún sería la noche. El ser es solamente reductible a la apariencia, o no es nada. El ser es la ausencia que las apariencias disimulan.
una tristeza densa y empañada
¿Por qué novelas? Porque permiten la elisión, la dilación, el remansamiento.
El cuento no me interesa, el buen cuento no es más que un alarde de ingenio. No hay que ser ingenioso. No hay que querer ser ingenioso.
Hay que ser simplemente temporal. Poner las velas y dejar que la cadencia te conduzca.
Dejar hacer al tiempo, alguna clave de todo esto reside en el tiempo, en la reiteración, en la cadencia. Y también en lo no dicho. Palabras alrededor de la figura omitida.
Novela bosque, ovillo, madeja, la diana dibujada en el agua de la que hablaban los ultraístas.
Sueño mucho. Con masas de agua o de aire por las que avanzar. Navegando o a brazadas.
A veces vuelo, o me dejo caer como un pájaro borracho. Hay casas amarradas a las rocas. Muy pequeñas.
Los pensamientos de la gente, en ese mundo, se conectan por tubos orgánicos, calientes. Las diferentes realidades se replican las unas a las otras, en espejos.
À sa mère qui lui demandait un jour ce qu'il fallait comprendre dans Une saison en enfer, Rimbaud aurait répondu :
"J'ai voulu dire ce que ça dit, littéralement et dans tous les sens !".
DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS
Me declaro católico ferviente
no comulgo con ruedas de carreta
me declaro discípulo de Marx
eso sí que me niego a arrodillarme
capitalista soy de nacimiento
loco por las perdices escabechadas
me declaro discípulo de Hitler
eso sí que rechazo las imitaciones
soy un agente clandestino soviético
no me confundan eso no con el Kremlin
en resumidas cuentas
me declaro fanático total
eso sí que no me identifico con nada
la palabra Dios es una interjección
da lo mismo que exista o que no exista.
de Hojas de parra (Santiago, Ganímedes, 1985)
Correr es el único placer verdaderamente solitario. Su contrapartida física resulta deliciosa: animalidad, nocturnidad, fatiga…
Y al mismo tiempo, como casi todo lo físico, correr es una actividad profundamente interior, que nos conduce por pasadizos sombreados, caracoleantes, tuertos, por escaleras empinadas que penetran hacia una parte de uno mismo que visitamos poco.
En soledad. Entre los árboles oscuros.
Recuerda que su madre la cogía en brazos y la llevaba bailando por el pasillo dando vueltas…
Fantin Latour va a estar en el Thyssen este otoño. No sé si vendrá su “Coin de table”.
Recuerdo ahora -Fantin Latour me ha hecho recordar- mi primer viaje a París, en 1988. Tenía yo 17 o 18. Era verano, estaba hambrienta como una hiena y era rubia.
Recuerdo que, en esos días de julio, peregriné buscando a Rimbaud por todas partes. Visité su tumba encalada en Charleville. Difícil encontrar huellas suyas por las Ardenas, donde resuena aún el clamor de las guerras prusianas y del 14/18, bosques oscuros que Rimbaud recorría a pie como sonámbulo.
De vuelta a París: y nada por el Boulevard des Italiens o de Sebastopol. Sin embargo algo se podía intuir de su rabia en los dortoirs, en los jardines de Cité Universitaire, en las bocas de los jívaros, de los argelinos, de los rusos.
Había visto aquella imagen en algún libro. Finalmente la encontré a tamaño natural en el Museo d’Orsay. Rimbaud nos mira desde allí, acodado a una mesa, eternamente adolescente, con el ceño fruncido y aquellos ojos de rabia contenida y de desprecio. El había visto la “parade sauvage”. ¡ La había visto!! Nosotros, el resto del mundo, no éramos más que comparsas en el juego. ¡El tenía la llave del antiguo festín!!
Alguien contó alguna vez, quizás fuera Izambard, quizás Verlaine, quizás Germain Nouveau -que terminó mendigo y santo a la puerta de la iglesia de Pourrières- que esa misma noche, y si no fue esa noche, otra muy parecida, Rimbaud saludó cada verso leído por los otros con un “merde”.
Supongo que demasiada intensidad es inaguantable. El no pudo aguantarlo. Se marchó.
Waterfront Toronto Marathon & Half Marathon 27 Sep 2009
Medtronic Twin Cities Marathon, Minneapolis 4 Oct 2009
Bank Of America Chicago Marathon 11 Oct 2009
Marine Corps Marathon, Washington D.C. 25 Oct 2009
The ING New York City Marathon 1 Nov 2009
R’n’Roll San Antonio Marathon & Half Marathon 15 Nov 2009
R’n’Roll Las Vegas Marathon & Half Marathon 6 Dic 2009
Dallas White Rock Marathon 13 Dic 2009
Walt Disney World Marathon & Half Marathon 10 Ene 2010
Chevron Houston Marathon & Half Marathon 17 Ene 2010
The ING Miami Marathon 31 Ene 2010
AT&T Austin Marathon 14 Feb 2010
Maratona Di Roma 21 Mar 2010
Marathon de Paris 11 Abr 2010
Boston Marathon 19 Abr 2010
The Virgin London Marathon 25 Abr 2010
"Cualquier actividad, por mundana que sea, si dura lo suficiente, se convierte en un acto contemplativo, meditativo incluso".
Haruki Murakami (De qué hablo cuando hablo de correr)
La musicóloga y multifacética alemana Suzanne Richter es una amante de la lengua castellana y, además, viajera incansable, ya faltaba más. Ha recorrido los Andes y las arenas del Océano Pacífico. Y sabe Dios cuántos miles de kilómetros a través del planeta. En su última estancia en Madrid descubrió este libro: “Madrid Blues” de la escritora gallega Blanca Riestra. Lo ha leído con emoción y nos regala en las siguientes líneas sus puntos de vista sobre la obra. El asunto cae a pelo porque salgo para la capital de España en unos días, así que me ambientaliza la semana para pasar unos días placenteros en Madrid. Actualmente Suzanne Richter expone sus fotografías sobre París en la ciudad de Friburgo, sur de Alemania, hasta el 8 de setiembre de 2009 en la exposición titulada “Le PARIS quotidien, le PARIS insolite” (1).
MADRID BLUES – UN LIBRO DE BLANCA RIESTRA
por Suzanne Richter
“Madrid Blues” es un libro para sumergirse en sus aguas desde la primera página: Los aficionados de la capital española podrán pasearse a traves de los barrios, avenidas y calles a través de un par de protagonistas autóctonos y extranjeros que están a la busca de algo: dinero, amor, del sentido de vida, del cumplimento de una obligación. Pero es la cuidad misma la que es el personaje principal de esta novela: “ciudad más despreocupada del mundo, la más salvaje” (pag. 82).
Con estas descripciones detalladas entramos a conocer por ejemplo la Gran Via, “los cristales sucios de Callao (pagina 13), “...hacia arriba, Callao y las viejas salas de cine, enmoquetadas, recorridas por los ratones, y los edificios señoriales convertidos en prostíbulos baratos” (pag. 22). Malasaña es un “barrio raro” caracterizado “con bullicio nocturno, los vómitos en la calle y los cascos de cerveza por la mañana los domingos” y que tiene como corazón la plaza San Ildefonso. “Madrid lucía fresca en aquellas primeras horas de la noche. Con sus taxis libres, sus octavillas electorales inundando las aceras, sus pandillas de pijos perfumados, sus punkies sentados en los portales y todavia sobrios. » (página 21).
« Las calles de Madrid resplandecen a esa hora en que la noche parece nueva: la hora en que abren las salas de baile de Alcalá y empiezan a fluir las colas de viejas endomingadas con ganas de enfilar una lambada. » (pag. 22). La calle de Montera está descrito como el « paraíso de la pequeña delincuencia con arterias cálidas y picantes como el chile. Todas las putas eran de su edad o mas jóvenes, negras, rusas, hispanas, amarillas, con los gruesos muslos repretados en ligueros y plataformas de corcho o de madera. Los chulos se mantenían a una distancia prudencial por el móvil en idiomas extraños. Planificaban negocios, regateaban precios.”
La autora tambien menciona el Circulo de Bellas Artes (“pag. 200: ...es el edificio más bello del mundo”), el Café Comercial, el Corte Inglés. pag. 185: “Madrid, aquel día, parecía excepcionalmente vivo, con una fruición a prueba de sobresaltos, que se transparentaba en el ritmo de los autobuses, en la vibración del cielo, en las carreras de los perros tirando de sus dueños. (...) Madrid era así, una ciudad con un pulso arrebatado, donde todos nos reinventábamos todo el tiempo.” “Era miércoles, y sólo en la plaza de Santa Ana los guiris se emborrachaban todavía con sangría, y en los tablados en torno de la Plaza Mayor vibraban con olés de tres al cuarto (pag.206) ».
El lector acompaña a traves la cuidad a Marga, la fotógrafa ; y Violeta que trabaja en una oficina en la Gran Vía, está con Carlos, el novio de Marga que se pasea con un libro y vive en la calle Doctor Fourquet, sigue Jusef, un chaval musulsmán que salió de Tanger hace diez años y que siempre lleva una pistola en el bolsillo. Se encuentra con el gay viejo Germán (plantado por su novio y que vivía de decorar locales y reformar pisos) con un niño perdido que espera horas y horas a su madre. Estamos juntos con Carlos y Chema Revuelta, un famoso periodista de fútbol, en el estadio, donde el último confiesa a su amigo: “Sabes qué?... mi mujer me ha dejado”. Los caminos de los personajes se cruzan, convergen y se separan de nuevo. Pasan varias veces por la plaza Lavapiés donde « la noche de Madrid es una enciclopedia viva, una cucaña, un hormiguero.” (pag. 29). Las relaciónes entre las mujeres y los hombres en esta novela no están claras, sino complicadas, todavía a definir. Pero las descripciones de personas sin nombre, callejeandos o visitantes de bares, evocan una pasión y intensidad, p.e. pag. 30 : « En otra mesa cerca del fondo dos estudiantes se besaban entrelezando las lenguas llenas de pendientes. Parecían ajenos de todo, amartelados en el lejano país de los veinte años que flotaba sobre la taberna como un dirigible ».
Hay frases que te tornan pensativo - o más fuerte - que podrían arrancar: “Estábamos todos tan ocupados en nuestros propios asuntos que apenas mirábamos a los alrededores” (pag. 79). O un viejo dice (pag.100): “Mira, niña, que Madrid no es una ciudad cualquiera, que es como una pirámide de cartas que, si quitas una, se desploma”. O en la pagina 143, María Luisa, una adivina de televisión, asusta a los espectatores con un inciso imprevisto en su emisión: “No os dais cuenta, pero el día de hoy es un día muy especial, y os recomiendo a todas que améis con especial calor a vuestras parejas y a vuestros seres queridos en general, como quien dice. (...) Aún más, os recomiendo que hoy hagaís lo que os plazca, pensad que hoy es un día hermosísimo, que, aunque no sea cierto, hoy pudiera ser el último día de nuestras vidas ». Los responsables de la tele le cortan la voz.
Carlos se dice (pag. 202) « que Madrid era enorme, una cuidad en duermevela donde cualquiera podía perderse y no ser encontrado nunca, nunca”.
Estos son algunos ejemplos para mostrar que una cosa inefable y fea pasaría en breve en la ciudad y que todos serían afectados por los eventos. Solamente los últimas paginas del libro dan informaciones concretas acerca de eso. Pero se hace notar desde la primera página una tensión, un anuncio vago.
“Acaso sabemos lo que el destino nos depara? Nadie lo sabe. Tampoco sabemos el tiempo que nos queda. Por eso a veces la vida se diluye en momentos que parecen fugaces y se concentra en otras que parecen eternos, sin sentido. Es absurdo. Para tener un propósito – bueno o malo -, una razon para luchar, uno tiene que haber perdido ya toda esperanza » (pag. 155).
Casi al final (pag. 223), fluye un último presentimiento antes que el lector reciba la certeza del tema en el que la autora está girando alrededor a través de más de 200 páginas:
“Pidieron dos cervezas y las fueron bebiendo, entre besos, sorbo a sorbo. Sin hablar. En torno a ellos el mundo chisporroteaba. Sería así siempre para ambos, eterno y carnal, resplandeciente. Allá afuera, el cielo de Madrid brillaba lleno de bruma dionisiaca, de magia negra.”
Blanca Riestra: Madrid Blues. Alianza Editorial, Madrid 2008
(1) Ausstellungstext_Paris_Publik 1.Jul...
Publicado por LITERATAMBO en 0:09
All passion spent de Sackville West, The sound and the Fury y As I lay Dying de Faulkner en un único volumen, ideal para llevar en el bolso, Crime and punishment, The tragedy of King Richard the second, La prisonnière des Sargasses de Jean Rhys, Hôtel Savoy y Le poids de la grâce de Joseph Roth, una primera edición póstuma (Gulp!!) de Alèm de Sà-Carneiro, otra de 1945, en Ática, de A Confissao de Lúcio, La metafísica oriental de René Genon...
Además: tres pares de luvas de piel de cabritilla en Ulysses y un par de anillos de oro portugués en Araújos, un joyero diminuto y oscuro, de la rúa Áurea
http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2009/07/los-espectros-leonid-andreyev.html
¿Por qué nada ni nadie está exactamente donde está? Los momentos en que el mundo coincide con todo nuestro estar dentro de él, como dentro de un tiesto, con los pies bien plantados, se llaman felicidad. Estar en el mundo fisicamente, completamente, no mirando desde fuera, es ser feliz. Pero eso es raro, la entrada a la representación, o a la sensación de representación, se nos veda casi siempre.
¿Qué hace que una novela funcione? ¿Su perfección argumental? ¿que esté acabada? No, cierta alquimia que te arrastra a la cima de una construcción, como a la cima de una montaña de basura, y te hace sospechar que los delirios más obtusos tienen sentido.
Mejor ni buscarlo ese sentido, allí está físicamente, palabra a palabra, ante tus ojos.
Nicolás Melini, Salmón y Burque juntos en un fotograma de Magnolia.
http://delamanchaliteraria.blogspot.com/2009/07/estoy-aqui.html